Sola. Cada vez que entraba hacías como que no me veías. Sumisa cuando alguien se sentaba en ti… A veces, al pasar las horas en tu regazo, el mimbre ondulado se me clavaba y te notaba más cercana. No sabría si decidirme entre el tacto de tus labios o el suntuoso pasar de mis yemas por tu madera pulida, con la luz dorada y cremosa filtrándose por tus finas capas de barniz.
Aflojando tensiones eras la más bella. Reías entre las otras sabiendo que eras mi favorita, con tus cabellos negros relucientes, y un respaldo que asomaba tus virtudes. Sea un dios, un alquimista, o carpintero quien te haya moldeado… mereces ser más que alguien abandonada en un depósito de muebles viejos, o en un bar de carretera.
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